miércoles, 25 de octubre de 2017

48

Publicaciones Semanales Breves   48     -     22 10 2017


Otra "Vuelta de tuerca"
Hace ya un tiempo, en nuestra primera publicación hemos hablado sobre la importancia de la percepción y dijimos que "todo se inicia con la percepción" y si hay algo que no percibimos como problema, sobre eso no podremos hacer nada para solucionarlo.

Lo dicho está bien dicho, pero no es suficiente si nos planteamos la pregunta de por qué tenemos limitaciones en nuestro sistema perceptivo.

Los supuestos psicológicos desde los que partimos producen un filtro en nuestro sistema perceptivo, de modo que no todo lo que podríamos ver lo podremos ver.

Un jefe planteaba cierta vez que "a la gente no le gusta trabajar".

En su oficina tenía los escritorios dispuestos de tal manera que él en todo momento podía observar a sus colaboradores, pues por esta convicción llegaba a la conclusión de que "a la gente hay que controlarla de cerca para que trabaje, pues si pudieran no trabajar, no trabajarían; trabajan porque no les queda más remedio". Ese era su supuesto, su pre juicio.

Este supuesto psicológico del que partía, evidentemente condicionaba su percepción y por consiguiente su accionar.

En algún momento del día por la natural acumulación de líquidos necesitaba salir de la oficina por unos 3 o 4 minutos y al regresar del baño confirmaba su teoría; "salgo por unos pocos minutos y la gente deja de trabajar, es evidente que no quieren trabajar" y en su percepción no tenía lugar la posibilidad de que el breve descanso no era tanto por la tarea como por su propia presencia.

De tal manera que su supuesto psicológico, o su pre concepto, si prefieren llamarlo así, condicionaba su capacidad para comprender la existencia de otras variables, que para él, habían quedado debajo de ciertos puntos ciegos.

Otro jefe podría partir de otro supuesto, pre concepto: "No es que a la gente no le gusta trabajar, sino que no le gusta trabajar en lo que no le gusta", por lo que la tarea de este jefe entonces no sería tanto la de controlar, como la de observar qué innovación, qué cambios, qué rotación se podría ensayar para lograr una mejora en la satisfacción en el trabajo de sus colaboradores y el consecuente desempeño..

En cualquier conversación podremos observar que cada uno plantea su posición o sus propuestas desde sus pre conceptos, no percibiendo que el interlocutor también tiene los suyos, por lo que a poco de andar ambos intentan convencer al otro de su propio punto de vista como el más acertado y valioso.

Inevitablemente ocurre que nadie convence a nadie; lo que sí podemos es ayudar al interlocutor a ampliar su visión y superar los puntos ciegos que le impiden comprender, en mayor amplitud y profundidad, el peso de las variables en juego.

Si en la conversación ocurre que ambos aportan datos y evidencias con las que se ayudan mutuamente a ampliar la visión, es probable, aunque nunca es seguro, que amplíen ambos su inteligencia como para hallar una solución superadora de la situación que tienen entre manos.

Si no logran darse cuenta de cómo su percepción y comprensión es afectada por sus supuestos, sus pre conceptos o pre juicios, en vez de lograr soluciones, abonarán el terreno para la creciente siembra de conflictos.

Para una próxima publicación nos queda pendiente avanzar en la comprensión de cómo se van gestando en cada uno de nosotros estos supuestos, estos prejuicios.

Hasta la próxima entonces.



lunes, 9 de octubre de 2017

47

Publicaciones Semanales Breves 47     -     07 10 2017


 
SALUD Y STRESS  -  Trabajar sobre Uno Mismo Mejora el Stress (Continuación)


Ansiedad y angustia

Dando continuidad al artículo anterior (46), digamos que la  ansiedad es un signo de debilidad, es un indicador de falta de centramiento en lo propio, en uno mismo.

Como hemos tratado en el artículo anterior (45), sin duda es un signo de fortaleza la capacidad de ataque que una persona posee. Además son indicadores de fortaleza la capacidad de eludir o esquivar y también la paciencia. Esta última como sinónimo de la fortaleza que se experimenta cuando uno siente que puede esperar pacientemente el desarrollo natural de los acontecimientos esperados o planificados, porque sabe que el curso de acción trazado es correcto.

Por lo tanto si la paciencia es signo de fortaleza, la impaciencia lo será de debilidad. Y la impaciencia se manifiesta en estados de ansiedad. Es la dificultad para permanecer pacientes. Es el estado de “nerviosismo” que nos indica que estamos dubitativos, temerosos o inseguros. Pero no existe todavía un compromiso corporal, ya que todo este proceso se desarrolla en un plano mental y genera una manifestación emocional, que habitualmente es transitoria.

La angustia en cambio ya es corporal, compromete una zona u órgano de nuestro cuerpo y si establecemos un circuito vicioso, sobre esa zona u órgano se instalará el síntoma primero y luego la enfermedad.

Es como si se tratara de un caudal energético que no logra encontrar un canal adecuado para circular e impulsar las ideas y pensamientos resolutivos.

Si pudiéramos facilitarle un camino posible de circulación a dicha energía, ésta se transformaría en el elemento motorizante y potenciador del cambio. Una de las formas en que podemos facilitar ese cambio es trabajando en la búsqueda de cómo llevar a cabo las acciones íntimamente ligadas a nuestros deseos.

Seguramente aquella energía que estaba produciéndonos la angustia pasa a impulsar las ideas que nos facilitarán el camino hacia la satisfacción de nuestros deseos hoy insatisfechos. Es natural entonces que cuando iniciamos este trabajo y comenzamos a visualizar el proyecto como algo factible, la angustia comience a ceder.

El trabajo sobre uno mismo y la salud

El trabajo sobre uno mismo y sobre el propio proyecto significa tomar un rol activo frente a las dificultades y frente a los deseos, saliendo así de la pasividad “quejosa” que tanto nos debilita y enferma. Es importante subrayar que se trata de una manera de activar los propios recursos para generar acciones pro-activas y auto-curativas.

Como adultos ya sabemos que nada resulta gratuito en la vida y como ya dijimos todo tiene su costo. Quizás nuestra libertad radique en elegir en qué “moneda” pagaremos cuando nos conectamos con nuestros inquietantes deseos.

En algunos casos será afrontando el cambio y en otros, tal vez, haciéndonos cargo de nuestras propias limitaciones y teniendo que aceptar el precio del no cambio renunciando a él.

Los estados de ansiedad que con frecuencia se generan al atravesar este proceso, limitan nuestra capacidad para establecer prioridades, tolerar los tiempos de espera de cada paso o visualizar anticipadamente soluciones ante las dificultades.

Una conclusión

Destacamos la importancia de desarrollar permanentemente nuestra capacidad auto-perceptiva, ya que los datos diagnósticos que obtendremos nos permitirán trabajar sobre nuestra ansiedad e impaciencia, rescatando la fortaleza con que contamos, que será necesaria para crear alternativas de salida, creando nuevos caminos.

Así es que los tiempos interiores de estos procesos de cambio no siempre irán de la mano de los rápidos tiempos industriales. Nuestro reloj interno es más lento.

A mayor compromiso afectivo, más lentos serán los procesos de cambio porque más comprometidos estaremos atendiendo a una mayor cantidad de variables. En realidad, es bueno que esto sea así, porque el contar con ese tiempo de elaboración interna, nos preserva de desestabilizarnos.


Soportar con paciencia el tiempo que requieren estos cambios es templar nuestra fortaleza y nos permite diferenciar los actos espontáneos de los impulsivos.


46

Publicaciones Semanales Breves 46     -     29 09 2017

 
SALUD Y STRESS  -  Trabajar sobre Uno Mismo Mejora el Stress


Cuando fuimos niños nuestros padres guiaban nuestro desarrollo. Ellos eligieron por y para nosotros, establecieron prioridades, decidieron sobre lo bueno y lo malo, lo que debíamos emprender, lo que deberíamos esperar e incluso, sobre aquello que no sería para nosotros.

Luego, con el crecimiento, al convertirnos en personas “más mayores”, más autónomas; desarrollamos el sentido de responsabilidad que nos llevó a hacernos cargo de nuestras decisiones y el consiguiente resultado en términos de crecimiento personal y profesional.

En nuestro camino, con frecuencia hemos tenido que atravesar situaciones difíciles, experimentando así dificultades para hacernos cargo de nuestras propias decisiones.

Así hace su aparición entonces la queja. En infinidad de situaciones oímos a la gente quejarse por “lo que no pudo alcanzar”, “por la mala suerte”, etc. Sepamos que cuando quedamos atrapados en la queja nos paralizamos y perdemos nuestra potencia creadora.

El circuito que se produce es el siguiente: Al quejarnos producimos un breve alivio por la descarga que realizamos. Pero tengamos presente que este alivio va acompañado de algunos elementos tóxicos, que podemos identificar, por ejemplo, en cierto sabor amargo, acidez estomacal, desgano, “nerviosismo” u otros síntomas que se localizarán en alguna parte del cuerpo.

En realidad lo que trata de hacer nuestro organismo con ello es avisarnos que algo no está funcionando bien. Pero nuestro sistema perceptivo no siempre registra e interpreta esos mensajes como avisos que dan cuenta de algún estado de insatisfacción.

Mecanismos de Regulación

La naturaleza nos ha dotado de inteligentes sistemas de alarma y auto-regulación mediante los cuales podemos restablecer el equilibrio cuando éste se ha alterado. Así cumplen con su cometido de preservar la salud.

La sensación de cansancio, los trastornos en el sueño, la irritabilidad, las contracturas musculares y muchos otros síntomas constituyen las señales de ¡Cuidado!, ¡Despacio!, ¡Pare!. Y muchas veces desafiamos a estos sistemas pretendiendo no escucharlos.

Son mecanismos de auto-cuidado que cuando no los registramos, cuando nos tornamos “sordos” a tales mensajes y se mantienen a lo largo del tiempo, terminan enfermándonos, con síntomas aislados primero, luego con su instalación definitiva y más tarde con la estructuración de la enfermedad.

Resulta sorprendente ver como al hacer las cosas en oposición con nuestros propios deseos, podemos llegar a generar una úlcera gástrica, un trastorno cardiovascular, insomnio, dolores de cabeza intensos e incluso un cáncer.

El sentimiento de inseguridad y sus consecuentes temores, o la sensación de impotencia que sentimos frente a la percepción de cambios que serías bueno encarar o tomar nuevos desafíos, nos llevan a desarrollar una “ceguera” que nos impide valorar la dolencia e interpretar su mensaje para comprender profundamente lo que nos está ocurriendo y pensar en qué debemos hacer para modificar la tendencia de la situación.

Darse Cuenta

Es probable (y deseable) que en algún momento nos preguntemos ¿para qué desarrollamos esta “sordera/ceguera”, cual será el beneficio secundario, para qué podrá resultarnos útil?

Este interrogante suele surgir natural y espontáneamente en uno mismo, o lo que es más frecuente, en el marco de una situación de encuentro afectivo, de respeto y cuidado mutuo, en situaciones vinculares saludables y obviamente, también en el contexto de una buena psicoterapia.

La vida es generosa y siempre se nos presentará la oportunidad de encontrarnos en alguna situación en que nos conectaremos con esta reflexión. Esto no es algo que ocurra por casualidad. Es un momento de “despertar”, de apertura. También lo es de crisis y genera inseguridad, temores. Con frecuencia, hasta un incremento pasajero de la dolencia.

Si nos conectamos con nuestro sufrimiento, su percepción será el inicio de un camino hacia la apertura de nuestra conciencia.

Cuando se ha iniciado este proceso de darnos cuenta, resulta imposible el regreso a estadios anteriores. Cualquier intento de calmar nuestras propias ansiedades pretendiendo no mirar lo que se nos ha revelado, será sólo un intento fallido de convencernos a nosotros mismos de algo que no nos resultará ya creíble.

En este punto el sentimiento de soledad se hace más grande e intenso y muchas veces va acompañado de fantasías que nos hablan de que no podremos cambiar.

Resulta claro entonces que hay cosas en nuestras vidas sobre las que nadie más que nosotros mismos puede hacer algo para modificarlas. En el mejor de los casos, alguien puede acompañarnos, pero no podrá hacer por nosotros lo que no podamos hacer nosotros mismos. Nos conectamos así con nuestra propia responsabilidad de decidir.

Hacernos cargo

Desde esta conciencia de soledad adulta ya no podremos pretender responsabilizar a nadie por nuestros propios desaciertos. Quedamos confrontados con nuestras capacidades y limitaciones. Será difícil sostener frente a nosotros mismos aseveraciones tales como que “decidimos mal por culpa de...” Es el momento de hacernos cargo de nuestra responsabilidad por aquello que sí podemos y por lo que está fuera de nuestra posibilidad realizar.

Entonces:
¿Qué posibilidades tenemos?,
¿Qué permisos nos damos?,
¿Con qué recursos contamos como para encontrar alternativas que nos permitan sortear las dificultades y afrontar el cambio?

¿Hasta dónde estamos comprometidos con nosotros mismos para hacer lugar a aquellos anhelos que, quizás han esperado tanto tiempo para convertirse en deseos?

¿Qué nos dicen nuestras convicciones personales acerca de si debemos, si podremos, e incluso si nos merecemos hacer lugar a nuestros deseos?

¿Somos conscientes que si queremos ganar protagonismo en nuestras vidas esto tendrá un precio que será el precio del cambio, que habrá que cotejarlo con el precio del no cambio?, pues permanecer en la situación en que estamos no resulta gratis una vez que se instaló el deseo de cambiar. ¿Estamos en condiciones de afrontar ese costo?

Cuando llegamos a este planteo es un signo claro de que cada vez queda menos espacio para los “juegos psicológicos” conque nos hemos venido distrayendo, en procura de evitar hacernos cargo del costo de asumir los riesgos por transitar el camino del cambio necesario.

Si esta descripción nos resulta conocida es porque alguna vez hemos atravesado momentos similares o porque hoy mismo estamos inmersos en uno de ellos y reconocemos entonces lo que es un estado de ansiedad o de angustia.